Recibió flores de un desconocido durante un año; el último ramo llegó con una dirección.

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Todo comenzó una mañana de enero. Laura llegó a su pequeña tienda de decoración y encontró un ramo de tulipanes blancos frente a la puerta. No había nombre, teléfono ni tarjeta, solamente una frase escrita en un pequeño papel: “Todavía existen cosas que merecen ser recordadas”. Pensó que se trataba de un error y continuó trabajando.

Exactamente un mes después apareció otro ramo. Luego otro en marzo, otro en abril y así sucesivamente. Siempre llegaban el día 15 y siempre contenían una frase diferente. Laura preguntó repetidamente en la floristería, pero los pedidos estaban pagados por adelantado y el remitente había solicitado permanecer anónimo.

Con el paso de los meses dejó de sentir miedo y comenzó a sentir curiosidad. ¿Quién conocía su dirección, sabía dónde trabajaba y tenía algún motivo para recordarle algo que ella aparentemente había olvidado?

El duodécimo ramo no llevaba ninguna frase

Cuando llegó diciembre, Laura esperaba las flores. A las nueve de la mañana apareció el último ramo, pero esta vez era completamente diferente: doce rosas amarillas y un sobre cerrado. Dentro solamente había una dirección, una hora y cuatro palabras: “Ahora puedo explicártelo todo”.

Laura estuvo horas pensando si debía acudir. Finalmente condujo hasta el lugar indicado. La dirección correspondía a una antigua estación de tren abandonada que había sido restaurada como cafetería. Al entrar, no encontró ningún admirador esperando románticamente por ella. Encontró a una mujer de aproximadamente setenta años sentada junto a la ventana con una caja llena de cartas.

La mujer se presentó como Teresa. Cuando Laura preguntó por las flores, Teresa respondió algo que la dejó todavía más confundida: —Yo las envié, pero las flores nunca fueron idea mía.

Las doce entregas habían sido preparadas años antes

Teresa colocó sobre la mesa una fotografía antigua. En ella aparecía junto a Gabriel, el hombre con quien Laura había estado comprometida muchos años atrás y de quien se había separado después de una discusión que jamás lograron resolver. Gabriel había fallecido tiempo después, sin que Laura volviera a verlo.

Antes de morir, Gabriel había dejado a Teresa, su hermana, doce sobres y dinero suficiente para enviar un ramo cada mes. No pretendía recuperar a Laura ni alterar su vida. En las cartas explicaba que lamentaba profundamente cómo habían terminado las cosas y que había preparado aquel último gesto para pedir perdón sin exigir una respuesta. Teresa había esperado años antes de cumplir su petición porque quería asegurarse de que Laura estuviera preparada para recibirla.

Laura abrió lentamente el último sobre. No encontró una declaración de amor ni una petición para que viviera atrapada en el pasado. Solamente una despedida y una frase final: “Las flores terminarán hoy porque después de recordar también hay que aprender a continuar”. Laura salió de aquella cafetería entendiendo finalmente por qué durante doce meses un desconocido parecía saber tanto sobre su vida: en realidad, alguien de su pasado había preparado una última despedida que tardaría un año entero en completarse.


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